¿De veras quieren tirar al presidente?


Mochila Política 120 | Lo que está ocurriendo en México respecto al covid-19 y a los efectos visualizados en materia política, económica y social, indican que se ha roto el consenso en torno al presidente. Se confirmó en el tránsito de los primeros síntomas de recesión en 2019 a la pandemia en 2020. Sin embargo, las encuestas arrojan resultados contradictorios. Las primeras, registraron una fuerte caída en la aprobación del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Las segundas, captaron 'rebotes' favorables al presidente. Mientras unos cantan el final del sexenio, otros se aferran a respuestas ideológicas ante problemas que exigen soluciones prácticas y sensatas. De paso, no podemos ignorar la fuga de capitales, lo que anticipa que el problema económico será grave, ni la desconfianza en el ámbito financiero internacional hacia López Obrador. La pandemia viene acompañada por la recesión global y los pronósticos de los inversionistas y calificadoras no son buenos para México.

¿Quién dice la verdad? Basta ver la maniobra para debilitar a la Cámara de Diputados y adjudicarle el control absoluto del presupuesto al Ejecutivo, para darse una idea. En la Presidencia parece imperar la certeza de que perderán el control de San Lázaro en las elecciones intermedias y tal vez muchos espacios más. Presenciamos una verdadera guerra de propaganda.

La praxis convertida en ideología

De un lado, López Obrador parece no calibrar correctamente que la recesión global puede ser más grave para México que para otros países, en la medida en que desdeñe cualquier propuesta productiva y apueste por proyectos que requieren más y más recursos, en vez de resultados benéficos. Esto ha roto el consenso del sector empresarial, no entre sí sino alrededor del titular del Ejecutivo.

Empresarios e inversionistas miran con inquietud el que le pidan al presidente proyectos viables y productivos, y les conteste con postulados ideológicos (sea contra el 'neoliberalismo', los 'conservadores' o contra quien mejor le parezca) o con praxis convertida en ideología (aferrarse a la refinería en Dos Bocas, el tren maya, el aeropuerto en Santa Lucía y así por el estilo).

Por una vía o por otra, terminará por fugarse de la realidad y erosionará las finanzas públicas y la economía familiar. El boquete dejado por la caída de los precios del petróleo no se resuelve con una recuperación en los mismos y la pérdida de empleos ha dejado al sexenio en punto cero en la materia; en algunos lugares, el descontento ciudadano por la mala prevención ante el covid-19 podría desbordar a las autoridades y existe la posibilidad de una segunda y tercera oleada de contagios, según los expertos. Imaginen lo que serían dos o tres cuarentenas con intervalos de unos cuantos meses.

Lo que debe hacer el presidente es salirse de esa polarización estéril y destructiva, generada en buena medida por él mismo y hacer lo que convenga más. Si lo que haga coincide o no con lo que dicen sus críticos, no debe importarle. Si los proyectos de la 'Cuarta Transformación' (4T) van a amortiguar los efectos de la recesión y, eventualmente, sacarán al país del atolladero, adelante. Pero si no, debe estar dispuesto a posponerlos o de plano cancelarlos. El problema es que no quiere hacerlo.

Por si no bastase, el precio de algunas alianzas, selladas para alcanzar el poder, está resultando altísimo, porque desnuda a la 4T como una reedición del 'viejo PRI' y de no corregir, tarde o temprano la 4T colapsará. Con mayor razón teniendo diversos frentes de batalla: así como hacia afuera está el desacuerdo de los gobernadores de oposición, hacia adentro tiene el contrapunteo con los gobernadores de Puebla y Baja California por los datos sobre la pandemia, que mucho tiene de pragmático. Barbosa y Bonilla asumieron al poder en medio de una fuerte polémica y con una base política y ciudadana frágil. Necesitan afianzar su poder local y las alianzas con poderes fácticos y formales, lo que requiere una operación política complicada que pasa por polarizarse con López Obrador.

Las estructuras de poder morenista han entrado en una dinámica de confrontación por los recursos económicos, que incluyen a sus gobernadores y autoridades en general. La pandemia ha sido la ocasión para intentar concentrar mayor poder político y de recursos en el presidente, lo que ha inquietado a muchos de sus aliados, que ven toda pretensión de mantenerse en la presidencia más allá de 2024 como un obstáculo para sus respectivos planes.

Lo etéreo y la teoría del desmoronamiento

Los críticos del presidente y sus opositores están abocados a hacer irreversible la desaprobación ciudadana, y la pandemia, la recesión global y la necedad presidencial son idóneas para lograrlo. Las escasas posibilidades que tiene de salvar lo que pueda de su sexenio, podrían estar vinculadas a darle la razón a sus críticos y el ego del presidente no está para eso. No se percata de que no lo dicen solamente ellos sino también corredurías y especialistas del extranjero. Y en una recesión, donde se necesita atraer inversiones, podría hacer la diferencia entre el éxito y el fracaso de un gobierno.

El proyecto de fincar una especie de 'neo- echeverriato' (otra vez el 'viejo PRI') aumenta las posibilidades de colapsar, porque hacerse de recursos (vía fideicomisos, Afores, reasignación de presupuestos, deuda pública, descuentos 'voluntarios' en nómina, etcétera) para contar con electores cautivos, tendrá su impacto económico y sólo servirá coyunturalmente. Periódicamente, aparecerán casos de presunta corrupción (como el de los Bartlett) o de incompetencia (Robledo, López-Gatell, Nahle, etcétera), lo que conducirá a tender 'cortinas de humo' con tal de distraer a la opinión pública (morosos fiscales, Calderón, García Luna o cualquier otro distractor, al margen de que en algunos casos haya habido un delito).

Andrés Manuel ascendió al poder con dos variables en tensión: convertirse en un presidente histórico (neojuarismo) o imponer una dictadura (populismo mesiánico). La pandemia y la recesión han dado al traste con lo primero. Aferrarse a proyectos improcedentes sin presentar un plan estratégico viable, lo han confirmado. Hoy, López Obrador está más cerca de Santa Anna y del echeverriato, que de Juárez. ¿Qué variable queda en pie? La dictadura, claro está. Son malas noticias para muchos, entre ellos Ricardo Monreal.

De ahora en adelante, el presidente estará en continuo forcejeo con el sector empresarial y bursátil, recurriendo, de vez en cuando, a reuniones con ellos sólo para bajar la presión. De suyo, Andrés Manuel piensa que los hombres de negocios tendrán que aguantar para no perderlo todo, aunque él no se comprometa a sacar adelante la economía nacional.

Al fracturarse el consenso en torno al presidente, necesitan plantarle en frente a gente que capitalice el descontento. De lo contrario, parte del porcentaje que hoy lo reprueba, podría terminar “regresando al redil” conforme se agudice la crisis y necesiten asistencia social. Aquí se insertan los obuses a la dupla Calderón-Zavala, a Gustavo de Hoyos y a Carlos Salazar Lomelín, seguido de la andanada a las otrora “benditas redes sociales” y a algunos medios de comunicación.

Los que deseen neutralizar la posibilidad de una dictadura, deben tener presente que tienen que recurrir a elementos concretos y específicos, no a variables que, en tanto no se realicen, se presentan como etéreas. No basta con apostar al desmoronamiento del consenso en torno al presidente. La ciudadanía necesita algo de “carne y hueso”, para, luego, remontarse a lo más digno y noble.

Estoy hablando de opciones a medio camino entre la democracia y el populismo, con margen de maniobra para comunicarse con el ciudadano de a pie, pero también de un plan lo más unificado posible. Aquí se entiende mejor el traspié en el caso de Javier Lozano: Gustavo de Hoyos se estaba consolidando como un interlocutor de peso. Sumar a Lozano implicaba aceptar los efectos de una confrontación que viene de tiempo atrás y en la cual Coparmex no tiene parte, además de que se dividiría el esfuerzo por capitalizar el malestar ciudadano.

En este sentido, deben creerle al presidente: las señales que manda reflejan lo preocupado que está ante la eventual pérdida en la próxima Cámara de Diputados. La disputa es por San Lázaro y los cargos concurrentes de las elecciones intermedias, no por tirarlo de la silla presidencial. Un colapso de ese tipo igualmente traería consecuencias políticas y económicas para el país.

Neutralizar una dictadura en ciernes pasa por impedir permanentemente el margen para cambiar la Constitución. Aquí se ve la importancia del desenlace de la 'Ley Bonilla', pero no todo es cuestión de números: se necesitan legisladores no susceptibles de chantajes por corrupción, porque sería favorable a una dictadura. Los empresarios necesitan un diagnóstico más político de lo que está pasando y los políticos, uno que contemple el sentido histórico de los hechos.

Ni unos ni otros parecen entender la hoja de ruta de la dictadura, aunque López Obrador está siendo muy transparente en ese sentido. Tienen una lectura políticamente equivocada de otras recesiones y si Andrés Manuel lograse amortiguar los efectos negativos en la opinión pública y atomizar a críticos y opositores, aumentarán sus posibilidades de mantenerse indefinidamente en el poder. Hasta entonces...

[ D'Vox ]

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Juan de Dios Andrade es politólogo, analista y consultor político, especializado en el sistema político mexicano, geopolítica y geoestrategia, es autor de la columna Confines Políticos y colaborador del servicio de análisis Mochila Política *.

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