El método de Anacleto, una respuesta audaz parar tiempos difíciles


Hoy se cumplen 93 años del asesinato y tortura del mexicano Anacleto González Flores, abogado y líder de la Unión Popular de Jalisco, la organización de resistencia civil que articuló al occidente de México para responder al autoritarismo de los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana.

Anacleto González Flores es reconocido en el ámbito religioso por haber sido mártir de la fe y líder de organizaciones como la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM). En 2005 fue beatificado junto a otros mártires de la persecución religiosa conocida como la Cristiada y, en 2019, fue declarado Patrono de los Laicos Mexicanos a petición de los obispos de México.

Su vida y obra es una epopeya de la defensa de la libertad religiosa, pero también de las libertades políticas, de la promoción de los derechos de los trabajadores y artesanos, la organización de iniciativas de economía solidaria y una importante tarea por la educación y la cultura.

Anacleto González Flores era un brillante pensador y reflexionaba con cualidades sobresalientes sobre las cuestiones sociales de su tiempo. Lo mismo denunciaba la barbarie del comunismo que del liberalismo, hacía de la prensa una espada para batirse de duelo con los divulgadores de la propaganda ideológica de su tiempo, los comunistas y oficialistas le detestaban.

Pero Anacleto era, sobre todas sus altas cualidades intelectuales, ejercitadas con maestría en la escritura y la oratoria, un hombre práctico. Tenía un método para transformar la realidad y se comprometía con él sin complejos.

Su método era la rehabilitación de lo que definió como “el catolicismo de verdaderos paralíticos”. Denunciaba el estado de postración e ignominia de los católicos mexicanos que habían abandonado la prensa, el libro, la escuela, la política, las calles, los sindicatos, todos los espacios de la vida social.

Esta parálisis sería resuelta por un camino ascendente de resignificación de la vida y de la vocación de cada uno, pasando por un proceso de transformación personal que configurara auténticos valores humanos que se aprestaran a dirigir los destinos de la sociedad.

En su libro Tú Serás Rey desarrolló la propuesta con la que se habrían de forjar las vanguardias que alcanzarían la reconquista de México y la restauración de las fuerzas espirituales de la nación.

Su método, tenía una dimensión personal y otra colectiva.

Advirtió la necesidad de hacer frente a la barbarie revolucionaria de los caudillos que se instalaron en el poder y con ello contrarrestar el avance pernicioso de esa fuerza que aniquilaba -decía- la significación de la vida humana y todas sus prerrogativas.

La inercia de la parálisis tendría que ceder ante un programa dirigido a recuperar las conciencias de niños y jóvenes asediados por las ideologías (comunismo y liberalismo), la enseñanza anti religiosa y la prensa al servicio de la propaganda gubernamental.

Organizó lo que llamó tres cruzadas: la de la buena prensa que tenía por propósito promover la prensa católica para divulgar una narrativa alternativa al oficialismo y contrarrestar la prensa impía; la cruzada para la enseñanza del catecismo donde los padres de familia se comprometen en la enseñanza de las verdades trascendentes y; la cruzada del libro para que desde la familia se engendren fuertes y vivas convicciones.

La rehabilitación en su dimensión social pasaba por la conformación de organismos intermedios que mediaran entre el Estado y el individuo. Las vanguardias formadas por él en todos los ámbitos del conocimiento de su época se propusieron a la organización de sindicatos, círculos de estudio, escuelas, cajas de ahorro, dispensarios médicos, cooperativas de consumo y producción y, hasta donde el régimen lo permitió, partidos políticos.

Sabía que ante la fuerza de la Revolución, era preciso articular una respuesta amplia y popular que fuera decisiva en número y en extensión, porque aunque los católicos eran una mayoría en México, Anacleto decía que eran una “mayoría impotente, vencida, sujeta al furor de nuestros perseguidores”.

De aquí que la necesidad suprema del modelo de González Flores fue siempre la organización. Organizarse significaba obrar simultáneamente y todos para que la mayoría fuera un valor fuerte e irresistible de voluntad popular.

Adelantado como fue, comprendió las verdades del Evangelio y se consagró a divulgarlas por todos los medios que tuvo a su alcance.

Como seglar, dilucidó las responsabilidades de los católicos ante el Reinado de Cristo y las anunciaba con celo apostólico:

“Porque Cristo no necesita de nosotros para fundar su reino y para extenderlo por todo el mundo; pero si no necesita de nosotros ni de nuestras vidas, sin embargo, ha querido establecer su reinado por medio de nosotros, de nuestros esfuerzos, de nuestras luchas y de nuestras batallas… para que Cristo reine en la prensa, en el libro, en la escuela, en las organizaciones, en las instituciones, en una palabra: en la mitad del corazón del pueblo y en la mitad de todas las corrientes de nuestra vida pública y social”.

Antes de morir, escribiría en uno de sus artículos: el gesto del mártir ha sido en todos los tiempos el único que ha sabido, que ha podido triunfar de todos los tiranos, llámense emperadores, reyes, gobernantes o presidentes.

La madrugada del 1º de abril de 1927 fue localizado en la casa de la familia Vargas González y detenido junto a tres miembros de la familia, Jorge, Ramón y Florentino.

Fueron recluidos en el Cuartel Colorado de Guadalajara a donde también llevaron detenido a Luis Padilla Gómez, miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y de la Unión Popular.

Florentino Vargas fue liberado pues le creyeron menor de edad mientras que Anacleto y los demás fueron torturados por los agentes del gobierno que querían información sobre otros líderes de la Unión Popular y el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez.

Sin que mediara juicio fueron llevados hacia el paredón para ser asesinados uno a uno, dejando a Anacleto al final para morir al grito de “¡Por segunda vez, que me escuchen las Américas, yo muero, pero Dios no muere. Que viva Cristo Rey!

En este aniversario, la figura de Anacleto González Flores se nos ofrece como fuerte testimonio de que la parálisis, también presente en nuestra época, tiene caminos de restauración y que no hay espacio que deba prescindir de la presencia de los auténticos valores humanos.

Es con estos valores genuinos con los que se hará frente al sinsentido que nos desalienta y nos roba la esperanza de construir, a pesar de nuestra condición, ese número fuerte e irresistible de voluntades - una verdadera 'voluntad' popular - que devuelva al individuo y a la sociedad todas sus auténticas prerrogativas.

[ D'Vox ]

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Francisco Manuel Sánchez Jáuregui es politólogo y director de análisis de Cabildex.

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