Quitarle las piernas y las alas al vírus


En esta pequeña cápsula que es mi oficina, donde casi todo está al alcance de la mano, recuerdo a Howard Hughes. En los años 60, me fascinó la multiplicidad de sus talentos. Ingeniero, aviador, industrial, director de cine, muy rico, salió con las divas más bellas de Hollywood y se alejó de todo y de todos, yendo a su propia casa en una mezcla de misantropía, fobia a la contaminación y drogadicción.

Se encerró detrás de los barrotes que le impusieron sus fantasmas. Renunció a la libertad que, durante décadas, le dio una vida creativa y, en muchos sentidos, extraordinaria.

En contraste, mi esposa y yo, como muchos en todo el mundo, nos hemos convertido en prisioneros en estos días. No por fobias, sino por amenazas invisibles reales y letales. Renunciamos a la libertad un día antes de que las autoridades locales y nacionales nos impusieran esa renuncia. Entendimos el sentido social, apropiadamente social, de vaciar las calles. Quien no puede entender el significado de 'bien común', ahora tiene una buena oportunidad para esclarecerse a través de la configuración de los hechos.

Necesitamos quitarle las piernas al virus. Camina con nuestras piernas. Y vuela con nuestras alas metálicas.

La pandemia está cambiando muchas vidas y no solo la rutina de esas vidas. Muchos experimentan la inusual percepción de protagonizar una de esas películas cuyo guión crea suspenso en torno a la lucha contra el exterminio de la humanidad. Se reza en las redes sociales - ¿quién diría? -, se reza en familia. Se lee como nunca antes, ahora hay tiempo para ello. Y hay una erupción de sentimientos profundamente humanos propiciados por la desaceleración del tiempo. Entre ellos, de un lado, el miedo, el egoísmo, la desesperanza rumbo a la desesperación, la histeria, el cambio emocional para el reino de la fantasía; del otro lado, la solidaridad, la ayuda mutua, la compasión, la esperanza, la búsqueda de lo trascendente y la necesidad de dar sentido a esta nueva vida cotidiana.

En Viena, en el centro de Graben, un monumento domina el paisaje. Es la Pestsäule, columna conmemorativa del final de la plaga que atacó la ciudad a fines del siglo XVII. Obra colectiva de varios escultores y pintores, el monumento barroco resulta confuso por la pluralidad de mensajes para ver, sentir e interpretar. Esa característica le impone a quien lo contempla una análisis prolongado de sus elementos. Se ve allí la celebración artística del fin del flagelo, el odio a la peste y - dominando desde la cima - la alabanza agradecida a la Santísima Trinidad.

Nunca pensé que, algún día, ese monumento cobraría actualidad y se convertiría en una poderosa lección para nuestra vida.

[ D'Vox ]

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Percival Puggina es miembro de la Académia Rio-Grandense de Letras, arquitecto, empresario, político y escritor, integrante del grupo Pensar+. Usted puede leer su blog personal aquí: Puggina.org.

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