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Las madres paraguayas y el 'alma' de un pueblo

08.03.2020

 

Paraguay | Escribo estas líneas cuando en mi país, Paraguay, se confirma el primer caso de coronavirus. Con un sincero sentimiento de empatía por la chica que sufre el mal y su familia, no faltaron enseguida las cadenas de oración y los análisis epidemiológicos, pero, tampoco está ausente el buen humor.

 

Todavía no pasaron dos minutos y ya me empezaban a “llover en el celular” un montón de memes simpáticos y críticos a la vez, compartidos en redes sociales, como una especie de catarsis colectiva, sobre cómo tendríamos que encarar la vida cotidiana si siguiéramos al pie de la letra las indicaciones de esa especie de receta universal algo paranoica que estamos viendo en los reportes periodísticos internacionales.

 

Hacía solo días que toda la sociedad lloraba la muerte violenta de una niña de 7 años asesinada por venganza por un desquiciado. Ese episodio fue motivo de comprobación de la positividad que encontramos en el estar juntos, unidos, a los que sufren tragedias familiares.

 

No pudieron lograr asociar del todo al 'heteropatriarcado' dicha locura criminal, quienes a la vez debían relatar en sus crónicas el llanto y la empatía nacional - 'heteropatriarcal' - con la desventurada familia.

 

Lo mismo había ocurrido con el caso que surgió de una compatriota que denunció a un joven trabajador que, según ella, la acosó en una estación de servicio, por el hecho de lanzarle un silbido que ella consideró inadecuado, un piropo, y, por tanto, según ella, una “agresión grave” a su persona…

 

No faltaron chicas que defendieran el cortejo masculino siempre que fuera amable y físicamente distante, y el 'caso' que, sospechosamente se generó unos días antes de la fecha especial que celebramos, no resultó tan militante como les hubiera gustado a los que lo inflaron y mediatizaron hasta el paroxismo.

 

Es cierto que etiquetas mentales del establishment feminista ya han penetrado bastante en la jerga social, tal es el caso, del 'feminicidio', la 'igualdad de género', la 'salud sexual' y la 'inclusión' con esa vaguedad semántica tan conveniente a los ingenieros sociales del siglo XXI.

 

Pero es notable cómo el sentido común sigue haciendo aguas el barquillo ideológico que navega en las corrientes de la paraguayidad.

 

Además de sentido del humor, expresiones típicas en idioma guaraní y cierta vacuna antiglobalista popular, en estas manifestaciones críticas que circulan en las redes sociales y que no se dejan arrasar por la nueva ola de corrección política exasperante, se nota también el estilo de vida comunitario y muy igualitario que tenemos en mi país.

 

Una igualdad, sin embargo, que no se contamina del todo con esa 'no distinción' que los culturalistas globales tratan de imponer.

 

Aquí, en esta pequeña “isla rodeada de tierra”, como llamaba a nuestra mediterránea nación el escritor Augusto Roa Bastos, tenemos una forma particular de encarar la vida y sus angustias.

 

Digamos así, que estamos acostumbrados a vivir tragedias y superarlas de forma muy providencial, como si en nuestro inconsciente la calamidad de la vida fuera siempre de la mano con una bendición protectora maternal y divina.

 

Creo que esta hobbitoniana percepción de la realidad, tan alejada de la lógica voluntarista de los racionalistas, iluministas y supercontroladores universales se debe en gran medida al enorme peso que “la mujer más gloriosa de América” - como dijo el Papa Francisco - tiene en la vida de todo paraguayo.

 

Tal cual lo dijo el Papa argentino, vecino y muy conocedor de la cultura del Paraguay, por su trato con la comunidad de migrantes en su cercano país, las paraguayas han sabido levantar un país en ruinas mediante la transmisión de la cultura, el idioma y la fe, sobre todo luego de la Guerra Grande que culminó en 1870 y se llevó consigo la vida de la mayoría de los padres, hermanos e hijos de forma trágica y heroica a la vez, y que marcó profundamente la psicología de los habitante de esta tierra sudamericana, dejando una huella imborrable en toda la historia posterior.

 

Los paraguayos hemos sufrido un intento de genocidio silenciado por siglos. Los educadores extranjeros que tomaron la posta oficial en aquella post guerra fatídica intentaron avergonzarnos sistemáticamente prohibiendo nuestra lengua materna, el guaraní, y etiquetando como ignorante, chabacano y bárbaro cada expresión de nuestra identidad con el título de 'guarango', pero mientras el Estado y la cultura progresistas de vestían de galas 'civilizatorias' y alienantes, nosotros seguimos siendo amamantados y acurrucados con el canto ancestral de nuestras bilingües madres y abuelas.

 

Hasta hoy somos bilingües, binarios, naturalistas, matriarcales y muy marianos, no porque la escuela nos lo enseñara así, sino porque en nuestras casas, las mujeres paraguayas hicieron patria, siendo buenas madres, como abnegadas defensoras de nuestra identidad.

 

¿A qué viene a cuento todo esto en el Día Internacional de la Mujer?

 

Pues resulta interesante que, en un ambiente cultural globalizado ya muy marcado por el nihilismo y un relato mediático cada vez más gobernado por las feministas de género, preguntarse sobre si existe o no la posibilidad de proponer otras vías de relacionamiento social para la mujer que salgan del guion totalitario actual del feminismo radical.

 

¿Ya ha carcomido la ideología todo pensamiento divergente sobre la mujer? ¿Es posible hoy vivir como mujer con esta gloria atribuida a las paraguayas? ¿Cómo es posible forjar una identidad cultural hoy fuera del esquema totalitario del género?

 

El Papa, de la vieja guardia jesuita, muy conocedor del origen personalista de nuestra historia, ha señalado a la mujer paraguaya para darnos un mensaje a todos, sobre la forma de construir la “sociedad civil” como puente entre la persona y el Poder, pero también como resguardo ante los abusos de ese Poder.

 

Nos lo hizo notar el historiador mejicano Jorge Traslosheros en un artículo muy sugestivo que publicó el diario La Razón luego de la visita del Papa Francisco a Paraguay en 2015.

 

Como habrán notado, hasta aquí, en este artículo no he mencionado las famosas expresiones ligadas a los derechos de la mujer que son tan constantemente asociados al 8M. No porque no considere importante la defensa legal de la mujer, sino porque de mis abuelas y madre he aprendido a basar mis juicios de valor en lo que vivo antes que hacerlo en lo que me dictan los 'consensos' positivistas.

 

De hecho, en mi país, la desconfianza hacia la arbitrariedad de la ley es directamente proporcional al apego al sentido común, tanto que en la jerga popular 'letrado' es sinónimo de astuto y avisado.

 

A esto sumamos que las largas dictaduras y sus discursos, que no se compadecían de la realidad, generaron una genuina desconfianza hacia todo lo que trata de imponerse desde fuera de la familia, solo desde la ley.

 

Las madres paraguayas no lograron en su momento todos los sueños de las feministas del siglo XX, pero propagaron una mentalidad tan abierta a la vida que se refleja hasta en nuestra Constitución Nacional, donde se resguarda el derecho a la vida de todo paraguayo desde la concepción (artículo 4).

 

Las paraguayas no secaron sus vientres ante la muerte, el hambre, la desnudez, la pobreza, la impotencia y los abusos que sufrieron, y hoy la vida nos devuelve aquella sonrisa que la prepotencia nos intentó borrar. A diferencia de las feministas nórdicas marcadas por las guerras mundiales y su sinsentido, las paraguayas resistieron y rechazaron la ideologización de su desgracia.

 

Hoy le decimos sí a la vida, no porque no hayamos sufrido, sino porque hemos sabido encontrar una positividad en esa cruz, contemplando a nuestra queridísima Madre, la Virgen de Caacupé y al corazón de su Hijo, Jesús, cuya veneración va mucho más allá de una doctrina intelectualista, sino que es un bálsamo existencial tan real y tan efectivo que constituye el sustento de cada familia, visible en los altarcitos hogareños de los más humildes hogares de la Patria.

 

Para la mujer paraguaya la maternidad es un factor positivo, es un poder que se ejerce en el servicio y su ejemplo ha sido tan potente que se ha conservado en el tiempo y se ha arraigado profundamente en nuestra idiosincrasia, que constituyen reservas morales y estrategias de defensa nacional antitotalitaria muy efectivas para el bien común.

 

La solidaridad, la amistad a toda prueba, la identidad basada en la naturaleza y en la cultura, a la par de una fe sencilla y una esperanza persistente siguen vivenciándose, aunque quizás diluidas y obnubiladas por las limitaciones y los hostigamientos que sufren desde el Poder.

 

Es verdad que toda esta belleza puede terminar de opacarse si no redescubrimos la savia que la alimenta, la cual es sin duda, el cristianismo feliz de la primera evangelización nacional. Sobre todo, franciscanos y jesuitas de las primeras horas, supieron unir con sencillez casi inquebrantable en el sentir nacional la profunda unión entre fe y vida feliz.

 

Hoy necesitamos repensar en la sociedad civil, en la familia como base de la sociedad, en la mujer como sostén de la estructura familiar junto con el varón, en la maternidad como bien, en el bien como verdad, en la verdad como base de la fe, en la fe como sostén de la cultura, en la cultura de la vida.

 

La mujer, no en abstracto, la mujer como luz encarnada, como garante de la esperanza, sigue siendo para unos y otros la necesaria referente de esta lucha entre el bien y el mal. Que Dios nos ayude a vivir a la altura de esta misión.

 

[ D'Vox ]

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Carolina Cuenca es paraguaya, pedagoga, comentarista del diario Última Hora, miembro de la Academia Ciencia y Vida de la Arquidiócesis de Asunción, y voluntaria en el Foro de Diálogo Civil.

 

La imagen que abre el texto es 'La Paraguaya', del uruguayo Juan Manuel Blanes, 1879; Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo, Uruguay.

 

 

 

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