Términos del Servicio | Política de Privacidad

CR| opn:

La Ofensa o cómo el cardenal Posadas fue agredido frente al presidente Carlos Salinas

25.05.2019

 

Presentamos a los lectores de D'Vox el capítulo 'Ofensa', del libro 'Los Chacales - Expedientes abiertos de la máfia que ordenó el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas', publicado en 2012 y escrito por Jesus Becerra Padrote, abogado del Arzobispado de Guadalajara e integrante del Grupo Interinstitucional creado por la Procuraduría General de la República para investigar el magnicidio.

 

Allí se recrea de forma novelada un hecho de capital importancia acontecido diez días antes del homicidio del prelado: una comida en la residencia del presidente Carlos Salinas de Gortari en la que Posadas fue agredido por no ceder a las inesperadas propuestas de los comensales.

 

Aunque los diálogos son ficticios, los hechos narrados y la materia de la conversación corresponden a lo que declararon varios testigos en la investigación, entre los que se cuentan un exmilitar, un pistolero, y, en especial un puñado de personas de la confianza del arzobispo y con los que habló días antes de su muerte.

 

La comida se realizó el dia 14 de mayo en la residencia oficial de los Pinos y estuvieron presentes, al menos, además del mandatario, Luis Donaldo Colosio, entonces secretario de Desarrollo Social; Manuel Camacho Solís, jefe del Departamento del  Distrito Federal; ambos considerados posibles precandidatos a la presidencia de la República por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y Joseph Marie Cordoba Montoya, jefe de la Oficina de la Presidencia y eminencia gris del gobierno. De acuerdo con los testimonios, este último sería el agresor del purpurado.

 

Agradecemos a Becerra la gentileza de permitir la publicación de este capítulo.

 

---

 

El cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo llegó a la residencia oficial de Los Pinos diez minutos antes de la comida.

 

Su relación con algunos miembros del gabinete era buena. Dado el contacto frecuente en diversos foros, se podía decir que tenía un trato cordial, como de amigos con alguno de ellos. Cuando lo pasaron, estaban los hombres fuertes de la política. (1)

 

Juan Jesús ¿Cómo estás? —Cruzaron saludos con fuerte apretón de manos— ¿Cómo va esa rodilla, ya mejora? —le preguntó Luis Donaldo Colosio.

 

Casi lista — sonrió el cardenal. Casi todos lo saludaron con amabilidad. Gracias a Dios me encuentro bien. Ustedes, ¿cómo están? ¿Qué dice la política? Me imagino que con fuertes presiones.

 

Así es, pasa, siéntate aquí —le ofrecieron un aperitivo.

 

¿Cómo vas en tu tierra cardenal? —le preguntó el licenciado Luis Donaldo.

 

Muy bien; la feligresía es bronca pero es un pueblo muy noble.

 

Oye, ya está aprobada la ayuda para la reparación del Ciprés de mármol de Catedral, el delegado de la Secretaría se pondrá en contacto con los responsables.

 

Muchas gracias Luis Donaldo. El cuidado de este tipo de monumentos siempre es costoso y la feligresía no alcanza a cubrirlo todo.

 

No te preocupes cardenal, la Secretaría tiene contemplado este tipo de ayudas a las comunidades.

 

La charla con el licenciado Colosio siempre era cordial. Con su gran cabellera a la afro, una buena sonrisa, “pelando los dientes” y un tupido bigote, inspiraba confianza.

 

Comentaron los sucesos importantes del país. De la política que estaba impulsando el Papa Juan Pablo II. Platicaron sobre el tema de la pobreza, la productividad de la tierra y de las modificaciones a las leyes del campo. También se comentó la gran obra de la unidad de los pueblos europeos.

 

A pesar que la conversación fue fluida y hasta amena, el cardenal tenía buen olfato político y cuando en la conversación ya no encontró “la carnita”, se empezó a poner incómodo.

 

Llegados los postres y el café, pidieron que los dejaran solos.

 

La conversación había sido un pin–pon de temas, y algunas bromas cruzaron por el aire, pero en ese momento se impuso la seriedad.

 

La conversación se reinició con una breve relatoría de las relaciones de México con Estados Unidos en la época moderna.

 

Necesariamente hubo queja de la injerencia de Estados Unidos en todos los temas, y cómo el proyecto del equipo procuró abrir nuevos mercados en Europa y en Asia, en donde encontraron poca respuesta.

 

En un mundo globalizado, México tenía que ser competitivo. Ahora México tenía la oportunidad de entrar a la modernidad, a los grandes mercados. ¡Hoy tenemos la fuerza para ser líderes! Con el Tratado de Libre Comercio vamos a lograr que este país deje de ser mirado como del tercer mundo y que realmente salga de la postración.

 

Intervenían uno y otro. Dibujaban el proyecto de manera muy clara, señalando cómo las variables se tenían que mover para alcanzar los resultados. El cardenal Posadas escuchaba admirado la forma en como estaba diseñada la estrategia de crecimiento de México, de las relaciones con los países poderosos y los grandes proyectos carreteros, de las comunicaciones y de los polos de desarrollo. Escuchaba atento.

 

Uno de los comensales miró fijamente al cardenal y bajó la voz: Su trabajo va a ser muy importante — inclinó el cuerpo para hacerse escuchar— ¡Posadas lo necesitamos!

 

Diga usted. ¿De qué se trata?

 

Necesitamos dar respuesta al narcotráfico, que se resuelva de fondo el fenómeno. No le gustó la mirada de los poderosos políticos, su silencio, su tono.

 

“¿Qué sigue?” — se preguntó.

 

Mire usted, el fenómeno es como un río caudaloso y nada ni nadie lo puede parar de manera frontal. Necesitamos darle cauce.

Necesitamos decir por dónde debe avanzar. Debemos procurar que provoque el menor daño. ¿Me entiende? Este asunto, es un asunto que es obligación de los gobiernos resolver. Los otros miraban al cardenal sin perder detalle de sus gestos. El cardenal prefirió no articular palabra, sólo pidió a Dios luces.

 

Alguien terció con una mirada amable, pero el rostro endurecido. Cardenal, la Iglesia ha estado insistiendo, digamos, alborotando al pueblo. Nos parece que no se deben denunciar algunos asuntos, sin atender a estos principios de responsabilidad — continuó con solemnidad. Cuando se trata de lograr un mal menor, el gobernante se vale de todo, y en esta administración, nosotros estamos haciendo un esfuerzo para que el problema del narcotráfico sea resuelto de la mejor forma.

 

Mire, cardenal, le pedimos que interceda en esta materia, que hable con los otros obispos para que no estén declarando, porque aun cuando tengan en algunas cosas razón, no lo están haciendo con estrategia y sólo están causando escándalo y alarma en la población. Les pedimos que no entorpezcan esta Operación de Estado, que no hablen de manera imprudente.

 

El cardenal Posadas tomó aire discretamente antes de hablar.

 

Miren, desde luego estoy de acuerdo que cuando habla uno, debe de ser prudente. Se necesita tener información suficiente y buscar que las palabras tengan un objetivo claro. En el tema del narcotráfico, la Iglesia no puede callarse. El daño a las personas y a las familias es brutal. Es un mal que debemos denunciar con todas las fuerzas. Pienso que es el momento de actuar. Si no, el día de mañana va a resultar atroz y con un daño tremendo al pueblo, y sin control.

 

En eso estamos de acuerdo. Por eso le pedimos que unamos fuerzas y que trabajemos por el bien de México — le dijeron.

 

Pero... ¿cómo? Discúlpenme pero no entiendo — la sonrisa del cardenal se trocaba en mueca.

 

¡Claro que entiende! —el que hablaba estaba perdiendo la paciencia—. ¡No puede ser que embista como animal! Desconociendo que el Estado está realizando una operación delicada, de cirugía mayor.

 

Cardenal, usted tiene la fuerza dentro de la Iglesia —intervino otro sujeto— y estamos seguros que usted puede ser interlocutor en este tema. Necesitamos cierta discreción de todas las fuerzas del país para tratar el asunto.

 

Cardenal —empezó a hablar otro político—, sabemos que el trabajo en común debe generar, incluso, beneficios para su trabajo. En esta colaboración usted debe salir ganando. Recursos económicos para el impulso a sus pastorales. ¿Entiende?

 

Señores, me parece que se equivocan. Yo no voy a dejar de denunciar el problema del narcotráfico y tampoco voy a buscar que los obispos se callen.

 

Uno de ellos había guardado silencio, como era su costumbre. No dejaba escapar ningún gesto, se le quedó mirando. El cardenal sabía que los ojos son la ventana del alma, y lo que miró en esos ojos lo estremeció.

 

El cardenal subió la voz:

 

Señores, todos sabemos que muchos políticos importantes están haciendo negocio del narcotráfico y eso no lo debemos permitir. La Iglesia no lo va a permitir. Su interlocutor montó en cólera: ¿Usted me va decir los nombres de esos políticos? —le gritó.

 

El cardenal sabía el grado de dificultad que era plantear el tema y consideró que no serviría de nada hacer la denuncia allí de los "gallones" enredados en el narco.

 

¡No voy a colaborar de ninguna manera con el narcotráfico, aun cuando sea una estrategia de Estado! —el cardenal también estaba gritando.

 

¡Imbécil! —Le gritó uno, que en ese momento se puso de pie, destacando su nariz aguileña, lo ojeroso y el rostro cacarizo que mostraba odio. — ¿No te das cuenta a quiénes les hablas? ¿A quién crees que amenazas idiota? ¡Lárgate! —y en ese momento descargó sobre Posadas una bofetada, luego lo amagó, lo llevó a la puerta y de un empujón lo sacó.

 

El licenciado Colosio quedó apenado. No daba crédito de lo que veía y oía, la ofensa lo llenó de indignación.

 

Juan Jesús Posadas se encontró con el sacerdote que lo acompañó, quien de inmediato notó que el Cardenal estaba molesto. (2)

 

¿Qué tiene Eminencia, se siente bien?

 

El cardenal guardó silencio por un largo rato. Repasaba cada frase, cada expresión y trataba de cavilar el alcance de lo sucedido.

 

Algunos de los obispos le habían prevenido que fuera cauteloso, pero don Juan Jesús apostaba al cambio de pensamiento de los nuevos gobernantes. En diferentes foros internacionales la Iglesia había analizado el problema de las drogas como un nuevo fenómeno apocalíptico y acordado la denuncia de toda la Iglesia.

 

Al cardenal Juan Jesús le hicieron llegar diversos informes de cómo las redes del narcotráfico, sobre todo del norte del país y las del Golfo de México, se estaban arraigando en territorio nacional y en dónde los padrinos de los capos eran encumbrados políticos. Creció en él una voz de alarma fundada.

 

Desde luego que la Iglesia sabía del problema del tránsito de la droga de América del Sur a Estados Unidos y su paso por México.

 

Además de comentar los hechos con quien lo acompañaba, el cardenal no sabía qué hacer, con quién hablar, porque dentro, en su corazón, había un rayo de desconfianza y de zozobra. Si acudía a otros jerarcas de la Iglesia, ¿qué peligro correrían?

 

Le pidió al sacerdote que lo llevara al centro de la ciudad de México. Llegaron a Madero, a la altura del Sanborns de los Azulejos.

 

Déjame aquí —exclamó.

 

Se orilló el automóvil y él bajó. Luego entró al templo de San Francisco. Allí se sintió confortado. Se postró ante el Santísimo Sacramento; elevó algunas plegarias, buscó a un franciscano en quien confiaba, platicó con él y luego pidió el sacramento de la confesión. Al salir lo embargó la paz que necesitaba.

 

Posteriormente buscó a un obispo amigo y se quedó en su casa. El prelado lo invitó a una corrida de toros y aunque el cardenal no gustaba de ese espectáculo, accedió. Más tarde escribiría en su diario, “una fiesta primitiva y violenta”.

 

[ D'Vox]

___

Jesus Becerra Padrote es licenciado en derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde es catedrático, fue abogado del arzobispado de Guadalajara y participó en la investigación del homicidio del cardenal Posadas Ocampo como integrante del grupo interinstitucional creado por la Procuraduría General de la República para el caso. Su libro 'Los Chacales - Expedientes abiertos de la máfia que ordenó el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas', publicado en 2012, fue presentado em México y en el Vaticano.

 

Nota: La reconstrucción del hecho ha sido realizada sobre todo a partir de las declaraciones durante las investigaciones de: Rafael Melitón Uribe Pérez, del 5 de octubre de 1999; Miguel Pérez Velazco, de fechas 17 de marzo de 1995 y 9 de junio de 1999; Ignacio Flores Ruiz, del 14 de diciembre de 2001; del Arzobispo y Nuncio Apostólico Girolamo Prigione, del 25 de agosto de 1998 en México y el 23 de julio de 2002 en el Consulado General de México en Milán Italia. Así como las de Marco Enrique Torres García, del 21 de mayo de 1999; Alberto Bayardo Robles, del 15 de enero de 1999.

 

Please reload

AMLO su ansiedad política y la reali...

Ideas de 'sobremesa' para el...

1/15
Please reload