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26 años de impunidad en el caso Posadas

24.05.2019

 

El cardenal Juan Jesus Posadas Ocampo, arzobispo de Guadalajara, fue asesinado arteramente hace veintiséis años: 24 de mayo de 1993. Al día de hoy, nadie ha sido condenado por el crimen. No hay resultados 'concluyentes', dicen. No hay culpados. No pocos testigos fueron 'eliminados'. Material importante fue 'perdido' por las autoridades. Todas las administraciones en turno han intentado dar 'carpetazo' al caso.

 

Son poco más de cinco lustros de impunidad, gobierno tras gobierno. Ni los gobiernos de los priístas Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Enrique Peña Nieto, ni los de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, tuvieron voluntad política para ir a fondo en las investigaciones. Y el 'pacto de impunidad que parece estar en marcha en el gobierno del izquierdista Manuel Andrés López Obrador no genera grandes esperanzas.

 

Posadas no era una figura cualquiera. Era el titular de una de las más importantes circunscripciones para la Iglesia Católica, donde se encuentra el mayor seminario del mundo, semillero de vocaciones, 'fábrica' de prelados. El cardenal mexicano era un obispo muy cercano al Papa Juan Pablo II; líder prominente entre sus pares, tanto en la Conferencia del Episcopado Mexicano, como en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, de la que fue vicepresidente.

 

Jugó un rol muy importante en el restablecimiento de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, luego de más de 60 años de política anticlerical y masónica que ignoraba oficialmente la existencia de la Iglesia como persona jurídica. En las negociaciones, su articulación eficaz, a la vez práctica para avanzar y firme para no ceder en nada a lo esencial, le ganó el respeto de los demás prelados mexicanos, que reconocieron su liderazgo, y el odio de los sectores más jacobinos.

 

Pastoral, ortodoxo y con una conciencia social muy aguda, Posadas denunció - de forma anticipada, profética, dirían algunos - el cáncer del narcotráfico que comenzaba a avanzar en el país de la mano del gobierno. Había sido obispo en Tijuana, en la frontera norte del país, y conocía en primera persona los frutos amargos de esa alianza. Estaba convicto de que la Iglesia no podía compactuar, en forma alguna, con un narcogobierno. Eso le costó la vida. El asesinato de Posadas fue un crimen de Estado. 

 

[D'Vox]

 

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