Términos del Servicio | Política de Privacidad

CR| opn:

La familia, síntoma de esquizofrenia política en América Latina

16.05.2019

 

Si a los latinoamericanos nos preguntan cuál es el aspecto de la vida que nos proporciona mayor felicidad a nuestras vidas, responderemos sin dudas ni demoras que es la vida familiar. Y si más bien preguntamos cuál es la importancia que nuestros gobiernos le dan a la promoción de la familia, la respuesta será que casi nula. Si la democracia es un sistema de gobierno donde el poder es ejercido por el pueblo, vivimos una esquizofrenia generalizada con respecto a la familia o… quizás ya no vivimos en democracia.

 

Sin duda, la realidad de la familia en América Latina es un síntoma de enfermedad política. Pocos temas tienen tanto consenso como la importancia de la familia y al mismo tiempo tan poca atención e inversión del presupuesto público en los países de la región.

 

Pero… ¿cuál es esa enfermedad evidenciada por esta desatención a la familia? ¿Esquizofrenia? ¿Anti democracia? ¿O peor, las dos al mismo tiempo? Pues no hay otra forma de entender cómo algo puede ser tan consensualmente deseado por la gran mayoría de los ciudadanos, simultáneamente puede ser tan negado por gobernantes que no pierden la oportunidad de llenarse la boca de jaculatorias a la democracia.

 

Hace unos días leía un artículo que comenzaba con mucha ironía. “¿Y la familia? Mal, gracias”. Y describía con detalle una larga lista de ataques y amenazas a la institución familiar que no es necesario repetir en esta oportunidad pues más o menos todos somos conscientes de eso. Desde su base matrimonial hasta su proyección social en la procreación, crianza y educación de los hijos, casi todo aspecto de la vida familiar ha sido menospreciado, criticado y descalificado, y en algunos casos hasta prohibido.

 

¿Y cuándo empezó la enfermedad?

 

Cuando dejamos ver a la familia como lo que siempre fue: una institución tan antigua como la humanidad misma. A lo largo de la historia de la humanidad, la familia ha sido el lugar de la experiencia humana. Un padre, una madre y sus hijos. Algo tan simple como eso. Y con el tiempo, los hijos de los hijos y las múltiples relaciones que van construyendo la familia extensa. Algo que en América Latina se extiende todavía un poco más cuando llamamos tíos y tías, primos y primas, a unas docenas más de personas a las que queremos tanto como a los familiares sanguíneos.

 

La familia es una comunidad de personas donde se forma cada uno de sus miembros desde el inicio de su vida y donde se va forjando en cada persona lo que comunitariamente se reflejará en la vida social. Repetiremos entonces, lo dicho un millón de veces y no por eso ha perdido ni realismo ni vigencia: la familia es la célula básica de la sociedad.

 

Y un día la enfermedad empezó cuando dejamos de verla como esta comunidad y empezamos a verla como un grupo funcional más. Consecuencia del paradigma moderno de individuos en busca de la total autonomía y libertad de elección, se redefinieron a voluntad los vínculos al interior de la familia. ¿Matrimonio para siempre? No, sino hasta que me canse y luego te reemplazo. ¿Hijos? Siempre y cuando lo desee, solo los que desee y en el momento que el momento que lo desee, incluso con oportunidad de rechazo si a medio camino me desanimo. ¿Sexo con hijos? Con elección múltiple: sexo exclusivamente para el placer o sea sin hijos (anticoncepción, esterilización, píldoras de emergencia o aborto químico o quirúrgico), hijos sin sexo (técnicas de reproducción asistida para tener un hijo al precio que sea y así deseches embriones en cantidad). ¿Identidad de acuerdo al sexo biológico? Esta elección es incluso más múltiple. Primero comenzó solo con las letras LGTBI y ahora tiene todo el abecedario con varias vueltas, y sin ningún límite conocido para negar ninguna “orientación sexual”.

 

No es de extrañar entonces que lo que comenzó en 1993 como el Día Internacional de la Familia, ahora haya mutado para la ONU en el Día Internacional de las Familias. Sutil cambio en el nombre, grosero en la realidad. La familia al antojo de quien solo desea satisfacer su conveniencia, su temperamento o finalmente sus gustos. El reino del egocentrismo que no se detiene ante el perjuicio del otro. Odiosa tergiversación del principio que decía “mis derechos terminan donde comienzan los del otro”, pues hoy en esa lógica se trata de imponer como dogma: “mis derechos terminan donde comienzan los gustos del otro”.

 

Sin embargo, ese mundo es imposible. Una visión no pesimista cree que todo tiene un límite y que la familia es una institución más fuerte que la legislación y más fuerte que la confusión sociológica de moda.

 

Es cierto que existen diferentes estructuras familiares. Pero no todas son producto de una decisión ni son una situación deseada o de justicia para sus miembros. Existen familias formadas por una pareja de esposos casados. Otras por convivientes. Otras por personas que se divorcian y comienzan una nueva relación donde incluyen a los hijos que tuvieron antes. Son miles las madres de solteras abandonadas con toda la carga económica y la educación que hubiesen querido una mejor suerte para ellas y para sus hijos.

 

No se trata de creer que todo es normal sino de promover lo mejor para los esposos y para los hijos. Atender a todos, eso sí. Tener políticas asistenciales para aquellos tipos de familia donde sus miembros no la pasan bien. Pero tener políticas de promoción para que las familias tengan, en lo posible, una presencia permanentemente de padre y madre: comprometidos entre ellos y comprometidos con los hijos.

 

La demografía puede ofrecernos una pauta de reflexión. Las tasas de natalidad y las tasas globales de fecundidad en América Latina están cayendo velozmente. En 20 ó 25 años tendremos el invierno demográfico que hoy es un problema económico y social sin solución en Europa. Será peor en esta región. Pues no recibiremos una inmigración de jóvenes. Tampoco tenemos economías fuertes como en los países europeos. Ellos no saben qué hacer con sus adultos mayores ricos, nosotros los tendremos pero en condición de pobreza.

 

El gran error es creer que cualquier tipo de familia da lo mismo y que todas producen bienestar por igual. Hay un estudio muy serio del mexicano Fernando Pliego Carrasco, Familias y Bienestar en el siglo XXI. Pliego muestra con datos censales y en el 99% de estudios científicos en 13 países que la familia intacta y comprometida produce mayor bienestar que cualquier otro tipo de estructura familiar, tanto en salud como en educación, prevención de la violencia contra la mujer y otros indicadores de bienestar.

 

Alterar la institución familiar en función del gusto trae consecuencias. Conservar su realidad última protege a las personas, a la sociedad y a la humanidad que ha recurrido a esa fórmula por siglos. El papel de las familias en el desarrollo de la sociedad es fundamental y la importancia de la implementación de las políticas a favor de la institución familiar es una urgencia.

 

[ D'Vox ]

___

Carlos Polo es director de la oficina para América Latina de Population Research Institute y analista de RELEASE.

 

Please reload

Morena, el golpe interno

A cultura é um campo de batalha

1/15
Please reload