Abrí el establo... y Él estaba allí

25.12.2018

 

El nacimiento de Jesús de Nazaret es el eje a partir del cual Occidente registra el paso del tiempo. Hay un antes y un después de Cristo en el caminar del mundo. Hoy, una tercera parte de la humanidad celebra un hecho inédito: Aquel que todos los hombres llaman Dios entró en la historia, se encarnó y vino al mundo, se hizo uno de nosotros.

 

Esa pretensión está registrada en los más antiguos manuscritos cristianos y permanece hasta nuestros días en aquellos que creen que el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros.

 

Thomas Stearns Eliot dice en sus magníficos 'Coros de La Piedra' que hubo "un momento predeterminado" en el que aconteció algo que los hombres no podrían jamás 'inventar'. Un momento "en el tiempo y del tiempo, en lo que llamamos historia", en el que el mundo se partió en dos. Hubo un punto de inflexión. Y dice más: "El tiempo se hizo mediante ese momento".

 

Se refiere al nacimiento de Jesús, un bebé judío, pobre, en la ciudad de Belén, durante el tiempo del rey Herodes, el Grande, y del emperador César Augusto I.

 

De Él dicen los pastores haber escuchado que es el Mesías y el Rey esperado. El que viene a salvar y libertar a su pueblo.

 

De Él dicen otros viandantes a lo largo de los siglos que es el Principio y Fin de todo y de todos, el Amor de los amores, la Belleza que salva, la Verdad que liberta; el Eterno que camina con nosotros.

 

Según el poeta español Juan Ramón Jiménez ese Niño continúa a nuestra espera. En el establo. Hace falta estar despierto, salir y seguir las huellas. Abrir las puertas del "establo" para verificar si en realidad Él está allí o no. Según Jiménez, está.

 

En este día feliz, Ítaca le brinda un fragmento del poema 'Aldea' del gran Juan Ramón Jiménez, autor de 'Platero y Yo' . Estos versos aparecen en su 'Segunda Antolojía Poética', publicada en 1922; la pintura que abre estas líneas es 'Natividad' de Arthur Hughes, realizada en 1891, actualmente está en el Museo y Galería de Arte de Birmingham, en Inglaterra.

 

 

Aldea

Juan Ramón Jiménez

 

Me desvelé. Salí. Vi huellas
celestes por el suelo
florecido
como un cielo
invertido.

 

[...]

 

Mi pecho palpitaba,
como si el corazón tuviese vino...

 

Abrí el establo a ver si estaba
Él allí.

                ¡Estaba!

 

[í]

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