El mandato popular en la política exterior

28.11.2018

 

A algunas personas les gustaría que el presidente electo, Jair Bolsonaro, hubiera escogido un canciller que fuera por el mundo pidiendo disculpas. Querían una especie de Ministro de Relaciones Avergonzadas que llegara ante sus homólogos diciendo algo como "Miren, los brasileños eligieron a Bolsonaro. No puedo hacer nada, es la democracia. Ustedes saben como son estas cosas, el pueblo no entiende de nada. Pero, tranquilícense, pues aqui, en el frente externo, nada va a cambiar. Estoy aquí para diluir todas las pociones del presidente, para cocinarlas y transformarlas en la misma letanía que ustedes ya conocen, continuaré usando el lenguaje del orden global. Estoy aquí para no dejar que nada acontezca".

 

Ese es el tipo de canciller que a los comentaristas de la prensa tradicional – nutridos por el convivio con diplomáticos pretensiosos – les gustaría ver. Alguien que encuadre al nuevo presidente, pasteurice sus ideas y frene su ímpetu de regeneración nacional, usando la disculpa de que la política exterior es algo demasiado técnico para ser comprendido por un simple  presidente de la República, y mucho menos por sus electores.

 

Parece prevalecer en esos medios la tesis de que un presidente puede cambiar todo, menos la política exterior. Para ellos, la política exterior sería una terreno cerrado al mandato popular, una especie de no-go zone, de área prohibida para el pueblo; el Itamaraty (como se conoce al Ministerio de Relaciones Exteriores en Brasil) sería un Estado dentro del Estado, donde el presidente solo aparece como invitado ilustre en las cenas oficiales, pero no tiene voz efectiva, o, donde la voz del presidente – que es la sagrada voz del pueblo – es 'traducida' al idioma de la ONU, y pierde su sentido, pues en el idioma de la ONU es imposible traducir palabras como amor, fe y patriotismo.

 

Ese es un equívoco gigantesco. En una democracia, la voluntad del pueblo debe penetrar en todas las políticas. Pero a las personas de aquel sistema mediático-burocrático, a las que tanto les gusta hablar de democracia, no lo saben. Se indagan asustadas: "¿qué van a pensar de mi los funcionarios de la ONU, que van a decir de mi el New York Times, The Guardian, o Le Monde?”

 

¿Y el pueblo brasileño? ¿No se preocupan por lo que el pueblo piense de ustedes? ¿Saben quién es el pueblo brasileño? ¿Ya lo vieron? ¿Ya vieron a la muchacha que espera el autobús a las 4 de la madrugada para ir a trabajar, con miedo de ser asaltada o violada? ¿A la mujer que lleva a la hija enferma en una precaria silla de ruedas, empujándola de hospital en hospital sin conseguir ser atendida? ¿O el muchacho triste que vende trapos en el semáforo durante el día entero, bajo el sol, para apenas conseguir lo que requiere para comer? ¿Y la mujer que pide dinero para comprar un medicamento, pero en realidad lo quiere para comprar crack y olvidarse un poco de la vida? ¿O el outro joven, que atraviesa la calle de muletas, con la mochila en la espalda, toda rasgada, a la que le coló un adhesivo de Bolsonaro, tal vez con la esperanza de dar dignidad y sentido a su lucha diaria? ¿Y el padre de familia con una herida en la pierna que no cicatriza nunca porque trabaja tres turnos para poder alimentar a sus hijos?

 

Allí esta el pueblo brasileño, no esta en el New York Times. Si la política exterior no se relaciona con el sufrimiento, la pasión y la fibra de esas personas, entonces, no sirve para nada.

 

Algunos periodistas están escandalizados, algunos colegas diplomáticos están indignados. ¿Indignados por qué? ¿Porque por primera vez tendrán que ver a su propio pueblo a la cara y escuchar su voz?

 

¿Y usted, lector, que dice querer acabar con la ideología en política exterior? Yo también quiero. Esa es la principal misión que el presidente Bolsonaro me confió: “libertar al Itamaraty”, como dijo en el pronunciamento de la noche de su victoria. Pero ¿usted sabe en que consiste la ideología que dice es necesario eliminar? Afirma que es contra la ideología, pero, cuando yo le digo que soy contra el marxismo en todas suas formas, usted reclama. Cuando me posiciono, por ejemplo, contra la ideología de género, contra el materialismo, contra el cercenamiento de la libertad de pensar y hablar, usted me llama de loco. Pero, si eso no es el marxismo, en esas u otras expresiones, entonces, ¿cuál es la ideología que quiere extirpar de la política exterior? "La ideología del Partido de los Trabajadores (PT)”, me responde usted. ¿Y la ideología del PT acaso no es el marxismo?

 

Usted aprendió en la escuela que el marxismo proclama la propiedad colectiva de los medios de producción, y deduce que, si el PT no anuncia el fin de la propiedad privada, entonces, no es marxista. Esa era, tal vez, la posición del marxismo en 1917; usted está 100 años atrasado en su concepción del marxismo. ¿Se satisface con lo que escuchó de su profesora de Historia en una clase del bachillerato? ¿Nunca más estudió sobre marxismo o cualquier otra corriente ideológica, y ahora viene a pontificar y a intentar decirme lo que es o no es ideología? Los marxistas culturales de hoy dicen que el “marxismo cultural” no existe y usted les cree, simplemente porque no tiene los elementos de juicio y el conocimiento necesario. El hecho es que el marxismo, hace mucho tiempo, dejó de buscar el control de los medios de producción material y pasó a buscar el control de los medios de producción intelectual; fundamentalmente, los medios de producción del discurso público: la prensa y la academia. Quien controla el discurso público, en los periódicos y las universidades, controla la vida social de manera mucho más eficiente que a través del control de fabricas y haciendas. Vencida en la economía, la ideología marxista, a lo largo de las últimas décadas, penetró insidiosamente en la cultura y en el comportamiento, en las relaciones internacionales, en la familia y en toda parte.

 

Las cosas que critico, las critico porque se que son parte y continuación de la ideología que usted dice repudiar. El alarmismo climático (del que hablaré en otra oportunidad), el tercermundismo automático y outras manejos falsamente antihegemónicos, la adhesión a las pautas abortistas y anticristianas en los foros multilaterales, la destrucción de la identidad de los pueblos por medio de la inmigración ilimitada, la transferencia brutal de poder económico en favor de países no democráticos y marxistas, el tratamiento terso que se le da a la dictadura venezolana, todos esos son elementos de la “ideología del PT”, o sea, del marxismo, que aún están fuertemente presentes en el Itamaraty. Pero, cuando me posiciono contra todas esas pautas, usted me dice que soy ideológico y sustenta que no debería hacer nada al respecto.

 

Si usted repudia la “ideología del PT”, pero no sabe lo que es, disculpe, pero no está capacitado para combatirla y retirarla ni del Itamaraty ni de cualquier otro lugar. Al contrário, usted puede estar ayudando a perpetuarla bajo nuevas formas. Si la prioridad es extirpar la ideología de dentro del Itamaraty, ¿no le parece conveniente tener un canciller capaz de comprender la ideología que existe dentro de la institución? Alguien que estudia "esa cosa" en los libros desde hace muchos años, y no alguien que simplemente escuchó alguna referencia en un segmento de un programa televisivo como Globo Repórter. Generaciones de brillantes pensadores marxistas están, desde hace 100 años, trabajando incansablemente y programando la penetración de la cultura social y política, de maneira velada, y, precisamente por eso, profunda, en favor de su proyecto de poder. ¿Cree que para combatir eso basta decir "no existe ya ideología en el Itamaraty”, o es suficiente pronunciar la palabra "pragmatismo" para que por arte de magia se instale por sí sola? Gramsci, Lukács, Kojève, Adorno, Marcuse se reirán en su cara. Mejor dicho, no reirán, porque marxistas no tienen sentido del humor, pero usted sabe lo que quiero decir.

 

¿Esta usted en contra de la ideología? Entonces es necesario que alguien que entienda de ideología la extirpe. Para curar una enfermedad no basta decir que la detestamos, es necesario conocer sus causas y manifestaciones, y, en este caso, sus estratégias y disfraces.

 

¿Esta usted a favor de la democracia? Entonces deje al pueblo brasileño entrar en la política externa.

 

[ D'Vox ]

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Ernesto Araújo es embajador y director del Departamento de Estados Unidos, Canadá y Asuntos Interamericanos del Itamaraty; asumirá el Ministerio de Relaciones Exteriores el próximo 1º de enero de 2019.

 

Este artículo fue publicado originalmente por la Gazeta do Povo el día 26 de noviembre de 2018. Traducción: Diego Hernández. La pintura que acompaña el texto es Ultra Citric Vendetta, de Walter Trindade Assis, Belo Horizonte, 2018.

 

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