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Elecciones en Brasil: La vuelta del lulismo o la vía Bolsonaro

05.10.2018

 

La elección presidencial que se celebra este domingo 7 de octubre en Brasil es una de las más polarizadas y singulares en la historia del gigante sudamericano. Y quizá sea una de las más importantes.

 

A pesar de que hay 13 aspirantes, desde hace algunas semanas ha quedado muy claro que la contienda es entre sólo dos de ellos. No más. La elección se convirtió en una especie de plebiscito.

 

El diputado federal Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), y el exalcade de São Paulo, Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), se han consolidado como líderes indiscutibles en la intención de voto.

 

De acuerdo con la última encuesta de DataFolha, publicada el 4 de octubre, a tres días de la elección, Bolsonaro cuenta con 39% de los votos válidos y Haddad con 25%. Atrás del petista, quien ocupa el tercer lugar esta con un lejano 13% y el cuarto con 9%. Ningún otro candidato ultrapasa el 5%.

 

Sin el ajuste para votos válidos, Bolsonaro está con 35% y Haddad con 22%; 5% de los entrevistados afirma que aún no sabe en quien votará y 6% dice que anulará su voto.

 

Un estudio realizado una semana antes por el instituto Paraná Pesquisas, mostraba que ocho de cada diez electores que votarán en los dos ‘punteros' aseguraban que no mudarían de opción.

 

Todo indica que, a unos días de los comicios, el pleito esta definido. Es entre dos. Y uno representa la antítesis del otro.

 

Si ninguno obtiene más de 50% de los votos el domigo 7, habrá balotaje, con ambos, el 28 de octubre.

 

Dos propuestas antagónicas

 

El clima electoral es diferente al de otros años, paira la sensación de urgencia y el confronto de posiciones divide incluso a familias.

 

El elector de Bolsonaro considera que debe frustrar la vuelta del PT al poder, después de que gobernó y saqueó al país de 2002 a 2017; evitar que se desmantele la Operación Lava Jato, que ha desnudado las redes político-empresariales de corrupción; y frenar la agresiva agenda ‘progresista' implementada por la izquierda en las últimas dos décadas.

 

El elector de Haddad cree que debe impedir la llegada al poder de un "fascista, homofóbico, machista, racista y violento" que acabará con la democracia, limitará los derechos de las minorías, empeorará la situación del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, actualmente preso; y traerá de regreso al poder a los militares, instalando un estado policial.

 

Nunca antes en una elección presidencial brasileña, la izquierda y la derecha se habían confrontado tan clara y abiertamente.

 

Nunca antes dos candidatos al frente de la intención de voto asumieron tan tranquilamente ser "de derecha" o de "izquierda", abrazando el rótulo sin complejos.

 

De hecho, es significativo que ambos tengan como vicepresidentes a dos figuras que confirman los ‘clichés’: el de Jair Bolsonaro es un reconocido general, Hamilton Mourão; y el de Haddad es una líder de Partido Comunista de Brasil (PCdoB), la diputada Manuela d’Avila.

 

Nunca antes en una elección realizada en este país el elector había tenido tan expresamente demarcados los campos.

 

El centro se esfumó porque ayudó desde la democratización a que la izquierda detentara una hegemonía cultural y política contundente que gestó un ambiente tóxico.

 

La hegemonia de izquierda en jaque

 

Ese "centro" son los partidos fisiológicos que, desde la caída estruendosa del populista Fernando Collor de Mello en 1992, se aliaron primero a una izquierda reformista y edulcorada, representada por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y luego a una izquierda socialista y de "masas", abanderada por el Partido de los Trabajadores (PT).

 

No había ninguna opción real de derecha o, verdaderamente "no izquierdista".

 

Así, de 1995 a 2017 el PSDB - la "derecha" de la izquierda - y el PT - la izquierda de la izquierda que después se presentó ante los electores como el centro de la izquierda - implementaron dos proyectos de poder diferentes pero hermanados.

 

Las investigaciones de los escándalos de Mensalão (compra de apoyo parlamentario por parte del gobierno Lula) en 2005 y del Petrolão (desvío de recursos públicos de Petrobrás) desde 2014 evidencian que el PT heredó del PSDB en enero de 2003 una extensa estructura de corrupción que fue mejorada e ampliada en dimensiones insospechadas.

 

Hasta el momento, la Operación Lava Jato, cuyos procesos están en manos del juez Sergio Moro, han conseguido hasta el momento que se ordene la devolución de 44 billones de reales a los cofres públicos.

 

La indignación con la extensión del daño llevó a casi tres millones de personas a las calles en las manifestaciones contra el gobierno de Dilma Rousseff en 2017 y a su consecuente caída a través de impeachment.Allí aconteció el “parto” de ese heterogéneo y desarticulado movimiento que mantiene a Bolsonaro al frente de los demás candidatos.

 

Un político incomún

 

 

Jair Messias Bolsonaro es un hombre polémico. Nació en 1955, en el interior de São Paulo. Es militar retirado con patente de capitán; se desempeñó como diputado federal, representando a Rio de Janeiro, con mandatos sucesivos desde 1991.

 

Le tienen como político de "boca suja": dice lo que piensa sin medir el impacto de sus palabras, y a veces, sus dichos son poco afortunados. Sin embargo, es esto lo que quizá permite que le reconozca el brasileño promedio. No tiene al hablar la disimulación o la asepsia del político profesional.

 

Si vida personal es accidentada. Es divorciado y va en la tercera unión. Tuvo 3 hijos del primer matrimonio, todos son adultos y políticos actualmente, otro hijo del segundo relacionamiento y un cuarto del actual, una niña.

 

En la Cámara de Diputados fue un sólido aliado del movimiento provida y profamilia, defendiendo y articulando para frenar el avance del aborto, el abuso de menores, la trata de personas, la legalización de las drogas, las uniones del mismo sexo equiparadas al matrimonio, la agenda lgbt, y la inserción de la ideología de género en el sistema educativo.

 

Con todo, no es un "provida" o "profamilia" en sentido estricto: defiende la pena de muerte para algunos crímenes, como el narcotráfico; la "castración química" para violadores; y la vinculación de los apoyos económicos que ofrece el gobierno a familias en situación de pobreza a la condición de limiten el número de hijos.

 

Sus dos principales ejes de actuación han sido la seguridad pública, en la que ha defendido enfáticamente el derecho de los ciudadanos a poseer armas, y el combate a la corrupción política. Es uno de los poquísimos legisladores con larga trayectoria parlametar que no tiene procesos por desvío de recursos. Sus adversarios no han podido - hasta ahora - encontrarle nada.

 

Es fuertemente criticado por negar que los gobiernos militares hayan sido en Brasil una dictadura y por defender la acción de las Fuerzas Armadas durante ese periodo para frenar el avance de la guerrilla comunista.

 

Su plan de gobierno es genérico, parece más una declaración de intenciones que un verdadero programa, aunque si presenta algunas lineas de acción concretas priorizando la reducción del aparato estatal, la regeneración de la economía, la seguridad, la salud y la educación.

 

La mayor parte de los que le votarán, más que derechistas, son ciudadanos cansados de los desmanes del lulismo, escandalizados por la vasta corrupción, hartos de su agenda "progresista" y que se ha tornado - por eso - profundamente antipetistas.

 

El delfín de Lula

 

 

Fernando Haddad esta en el polo opuesto. Es un académico marxista, profesor de ciencias políticas en la Universidad de São Paulo. Su tesis de maestría se titula “El carácter socioeconómico del sistema soviético” y la de doctorado “De Marx a Habermas — El materialismo histórico y su paradigma adecuado”.

 

Hijo de libaneses, nació en 1963, es casado desde 1988 y tiene dos hijos.

 

La militancia en el PT se remonta a su juventud, pero su estrella creció al ser convidado a trabajar en el Ministerio de Planeación en 2003, al inicio del primer gobierno Lula.

 

Su vinculación con el núcleo duro en el poder lo llevó a ser nombrado ministro de Educación en los gobiernos de Lula y de Dilma Rousseff, de 2005 a 2012.

 

Como ministro operó una agresiva implementación de la perspectiva de género en todo el sistema educativo. La elaboración de un material para niños y adolescentes en el programa Escuela sin Homofobia generó un amplio repúdio popular pues contenían imágenes y textos impropios para menores.

 

En la época, los “paquetes” fueron denunciados por el diputado Bolsonaro que los llamó “kit gay” y entró en una guerra sin tregua contra Haddad hasta que consiguió impedir su distribución.

 

De 2013 a 2016 fue alcalde de la ciudad de São Paulo, en una gestión bastante accidentada y marcada por peleas internas y escándalos de corrupción. Es investigado por la Lava Jato por irregularidades en el financiamento de su campaña.

 

Fue escogido por Lula como su sustituto al ser impedido, en conformidad con la ley, de ser candidato presidencial. El exmandatario está preso después de haber sido encontrado culpable y condenado por crímenes de corrupción y lavado de dinero. Aún enfrenta, al menos, otros cinco procesos.

 

Lula asegura que es víctima de una venganza y que su condición es de “preso político, como Nelson Mandela”. Tanto Haddad cuanto todo el entorno petista han dicho que quieren a Lula libre y que, de recuperar el poder, podrían darle un indulto presidencial.

 

Desde su nombramiento oficial como candidato del PT, el 11 de septiembre, Haddad ha visitado por lo menos cuatro veces a Lula en la prisión para recibir “orientaciones”. Todo mundo sabe - sea simpatizante o detractor - que el verdadero candidato es Lula.

 

La primera propaganda de Haddad fue impresa colocando siempre a Lula como presidente. La Justicia Electoral intervino para retirarla de circulación.

 

El plan de gobierno de Haddad propone sin rubor el control del poder judicial, retirar del ministerio público la facultad de investigar, el control “democrático” de los medios de comunicación, el impulso de la economía y el cuidado al medio ambiente.

 

Así como la ampliación del aborto bajo el eufemismo de pleno ejercicio de los "derechos sexuales y reproductivos”, de la perspectiva de género en las políticas públicas y la convocación de una Constituyente, entre otras “perlas”.

 

Las cartas están echadas. El juego es para dos.

 

El domingo 7 de octubre los más de 140 millones de brasileños que están aptos para votar se encontrarán ante una disyuntiva: devolver el poder a la izquierda petista y librar a Lula de la prisión, o cerrarle el paso a la "máfia comunista" optando por un rumbo nunca antes explorado.

 

A pesar de la polarización, un eventual triunfo de Bolsonaro, no estará marcado por el voto ideológico de "derechas", sino, mayoritariamente, por el voto antipetista.La moneda ya esta en el aire para el elector.

 

[ D'Vox ]

 

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