Rómpeme los brazos y Te estrecharé con mi corazón, vuelto, de repente, mano


El sentido religioso es algo que no muere en el hombre. Puede deformarse pero no extinguirse. Puede ser adormecido o descuartizado, pero nunca completamente extirpado. Las preguntas fundamentales sobre nuestro existir están siempre allí: en el fondo de nuestro ser. Y claman por respuesta, más tarde o más temprano, pero siempre claman. No callan indefinidamente.

Pero hay algo más. Aquella 'inquietación' interna es solo lo que esta en el fondo. Luego viene lo que realmente nos cambia: un encuentro. Es el Otro. Pasamos a tener la convicción de que no estamos solos y que somos profundamente amados por Alguien que camina con nosotros.

Las tentativas para erradicar del hombre el sentido religioso han sido catastróficas para el propio hombre que, supuestamente, sería liberado del 'yugo de un creador tirano'. El resultado siempre fue la sustitución del Creador injustamente acusado de tirano, por una criatura rabiosamente tiránica. El siglo XX ostenta abundantes muestras de ello.

Véase, por ejemplo, Nowa Huta. Una ciudad industrial sin Dios. Algo impuesto - como siempre - desde arriba. Y cayó. Fue herida de muerte por un pueblo tallado en piedra caliza, acompañado por un joven obispo de apellido Wojtyla. Plantaron profundamente una Cruz allí donde no debería haber nunca una Iglesia.

El sociólogo e historiador Christopher Dawson, a lo largo de su vasta obra científica, ha validado que la religión es el alma de las culturas y que una sociedad o una cultura que pierde sus raíces espirituales se convierte, indefectiblemente, en una sociedad o una cultura en extinción. Así, abrazar la propia raíz espiritual es para las personas y para los pueblos, a veces, un acto instintivo de sobrevivencia.

Todo esto viene a la memoria al dirigir nuestra mirada a Bolivia. Hay un tirano que a través de un nuevo Código Penal pretende limitar la libertad religiosa. Compartir con otro la propia fe podrá ser considerado crimen. Semana tras semana, este pueblo tallado en bronce y mara, resiste. Toma las calles, clama. Juntos, católicos evangélicos, exigen respeto al dictador y le dicen: "No, señor presidente, no le es lícito".

No defienden una idea. Custodian la relación con Alguien que les ama. En Él, han encontrado la verdad, el bien y la belleza que salvan. Quien contempla a este pueblo sin comprender lo que le mueve, queda perplejo. Pero ¿qué le mueve? Rainer Maria Rilke nos responde en un bellísimo poema que consigue encarnar lo que viven aquellos que están dispuestos a darlo todo antes de perder a Aquel que es su Todo.

Pueden romperles los brazos, y el corazón, vuelto, de repente, mano, estrechará a Aquel por quien viven; pueden incluso quemarles, la sangre, entonces, acogerá al Amado en cada gota. Hablamos de Amor. Con mayúscula. Lo dice el séptimo poema de la segunda parte de 'El libro de las Horas', escrito entre 1898 y 1903 por Rilke. Abre estas líneas un fragmento de 'Las Manos de la Ternura' del pintor Oswaldo Guayasamin, 1968, Museo Guayasamin, en Quito.

[ poema 7 ]

¡Apágame los ojos y Te veré todavía,

vuélveme sordo y oiré Tu voz,

trúncame los pies y correré Tu camino,

sin habla, y a Ti elevaré oraciones!

Rómpeme los brazos y yo Te estrecharé

con mi corazón, vuelto, de repente, mano;

si paras mi corazón, latirá mi cerebro,

quémale también y mi sangre, entonces,

Te acogerá, Señor, en cada gota.

Traducción de José Miguel Oriol.

[ D'Vox ]

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