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Es hora de dedicar museos al sangriento legado del marxismo

07.11.2017

 

En este primer centenario de la Revolución Rusa, cabe preguntarse si hemos aprendido lo que este acontecimiento nos dice acerca de su raíz ideológica. ¿Hemos reconocido que la ideología marxista destruye el ordenamiento jurídico, la oposición política y los derechos humanos? ¿Tenemos alguna idea del número de muertos que en todos los casos ha seguido al triunfo del Partido, que es la 'vanguardia del proletariado'? ¿Tenemos una idea del costo humano de la colectivización, o de lo que el gulag significaba en términos de humillación y destrucción de sus víctimas?

 

Por supuesto, la respuesta en cada caso es no. Nuestro currículo escolar aborda incesantemente el acontecimiento del Holocausto. Varios gobiernos han hecho de su negación un crimen, existen museos y monumentos para las víctimas del nazismo y del fascismo en todo el continente. Pero los millones de víctimas del comunismo apenas son recordados. Una historia oficial de los tiempos modernos, ampliamente utilizada en nuestras escuelas, elogia a la Revolución Rusa por haber tenido como objetivo "la completa destrucción de la burguesía rusa y europea", indispensable para "la victoria del socialismo".

 

Esta historia - léase 'Age of Extremes' de Eric Hobsbawm - no menciona la abolición de los tribunales de justicia, ni el establecimiento de la Cheka (la policía secreta), ni las expropiaciones despiadadas que destruyeron la economía rusa, ni la inanición masiva infligida a los campesinos ucranianos. Es inadmisible que un historiador pueda registrar la destrucción de los judíos perpetrada por los nazis con términos contundentes; pero que la "destrucción de la burguesía", igualmente cruel, reciba su aprobación incondicional.

 

El término 'burguesía' es un tecnicismo de la teoría marxista. Pero en la práctica política y militante de la izquierda tiene una referencia humana real, concreta, y esa referencia somos tú y yo. Las personas comunes, que poseemos propiedades, negociamos, recibimos un salario, tenemos esposas e hijos, y vivimos dia a dia según una moral, compartida en comunidad. Somos nosotros las personas a quienes Lenin se propuso destruir. Somos el blanco del resentimiento, y el marxismo es la teoría de ese resentimiento.

 

Una cosa que seguramente deberíamos aprender de la Revolución Rusa es que el resentimiento siempre busca las teorías que lo justificarán. Y la lección que me transmitió de manera vívida e inolvidable durante los viajes que realicé al mundo detrás del Telón de Acero, es que el resentimiento, cuando finalmente toma el poder, significa la muerte de la política. El verdadero propósito de la política no es expresar el resentimiento, sino contenerlo y conciliarlo.

 

Cuando, a raíz del incendio de la Torre Grenfell, destacadas figuras políticas prácticamente convocaron a un 'día de furia' contra la 'burguesia', volví a oír la voz de ese viejo resentimiento. Y me pregunté cómo es que la lección aún no se aprendió.

 

El problema no es que falte literatura. Abundan los registros del terror comunista, entre los que hay obras maestras que toda persona educada debería de conocer como 'El Cero y El Infinito', de Arthur Koestler; 'Doctor Zhivago', de Borís Pasternak; y 'Archipiélago Gulag', de Aleksandr Solzhenitsyn. Sin embargo, el resentimiento fácilmente anula la evidencia.

 

Así como el antisemitismo ha sobrevivido a los constantes recordatorios del Holocausto, la visión marxista también sobrevive al testimonio acumulado de su legado asesino. Las personas resentidas atesoran su odio más de lo que respetan los derechos de quienes lo despiertan.

 

Por esta razón, seguramente es hora de establecer museos dedicados al sangriento legado marxista. Tenemos un magnífico modelo, de hecho, en el 'House of Terror Museum', establecido en 2002 en Budapest bajo la dirección de Maria Schmidt. Este lugar rescata la memoria de las víctimas tanto del fascismo como del comunismo, y precisamente por esta razón ha levantado una gran polémica. Incluso en Hungría, los intelectuales de izquierda nos dicen que los dos males no se pueden comparar, y que recordar a las víctimas en un solo lugar es negar su diferencia más significativa: que los objetivos del comunismo eran buenos; en tanto que, los del fascismo eran malos. 

 

 

Precisamente para contrarrestar ese tipo de 'disculpas', Maria Schmidt ha arrojado la misma luz sobre ambas ideologías. El objetivo de ambos, insiste ella, era el mismo. ¿Qué diferencia real genera que uno centre su resentimiento en los judíos y el otro en la burguesía cuando el objetivo principal era, en ambos casos, la aniquilación masiva de sus víctimas? ¿O decimos, con Eric Hobsbawm, que en un caso sí, pero en otro no; porque el fin justifica los medios?

 

A medida en que el movimientos izquierdistas, como el inglés Momentum, seduce a más y más personas induciéndolas hacia el olvido histórico y la euforia utópica, la necesidad de un programa de educación pública que aborde estos asuntos partiendo de la realidad histórica es cada vez más urgente. Pero me temo que puede ser ya demasiado tarde.

 

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Publicado originalmente bajo el título 'As the left surges back, Marxism’s bloody legacy is covered up', el 26 de septiembre de 2017, en The Spectator.

 

[ D'Vox ]

 

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