Himno antes de la Acción

30.10.2017

 

En un tiempo en que la tierra "llena de rabia" en contra de "nuestra ruta se levanta" , el cántico que el poeta británico Rudyard Kipling nos dejó para "antes de acción" es más actual que nunca. El drama que vivimos une hoy, después de 500 años, a católicos y cristianos de diversas denominaciones, y a otros hombres de buena voluntad, en un amplio y heterogéneo movimiento de regeneración cultural y política en los lugares más improbables: México, Perú, Ecuador, Brasil, Chile.

 

Un ecumenismo verdadero forjado por y desde la caridad, en el fragor de la batalla, hombro a hombro desde las trincheras. Sin irinenismos: " para los que a nuestro lado se arrodillan / ante altares que no son los Tuyos, / a quienes tapan las luces que nos guían, / Señor, deja que su fe expíe. / Si hicimos mal en llamarlos, / obligados vinieron por su honor, / no dejes que caiga Tu ira sobre ellos, / reparte, en cambio, entre nosotros la culpa".

 

Se puede aceptar o no la fe de los cristianos; pero, independientemente de lo que usted y yo creamos, ellos son un hecho social. Están allí, por primera vez desde hace mucho tiempo, intensamente unidos en la arena pública. Recuperando el tiempo perdido y sanando las omisiones. Y ellos también son ciudadanos y tienen voz, aunque los que "se levantan contra su ruta" los quieran silenciar.

 

Abre estas líneas la pintura 'Composición azul, gris y rosa', de Piet Mondrian, 1913; Museo Municipal de La Haya, Holanda.

 

Himno antes de la Acción

 

La tierra llena de rabia,

los mares en sombras de furia,

las naciones en sus riendas

en contra de nuestra ruta se levantan:

antes de que desatemos las legiones,

antes de desenvainar los filos,

Yavé de los Truenos,

Señor Dios de las Batallas, ¡ayudamos!

 

Lascivia intensa, obstinado porte,

corazón orgulloso, frente rebelde—

oído sordo y alma descuidada,

ahora buscamos Tu misericordia.

El pecador que abjuró de Ti,

el que te ignoró, imprudente,

conoces nuestras vidas—

Señor, danos fuerza para morir.

 

Para los que a nuestro lado se arrodillan

ante altares que no son los Tuyos,

a quienes tapan las luces que nos guían,

Señor, deja que su fe expíe.

Si hicimos mal en llamarlos,

obligados vinieron por su honor,

no dejes que caiga Tu ira sobre ellos,

reparte, en cambio, entre nosotros la culpa.

 

Del pánico, orgullo y terror,

de la venganza que no conoce freno—

de la prisa ligera, el error fuera de la ley,

protégenos una vez más.

Acepta nuestra indignidad,

haz firme el aliento que tiembla,

en silencio, inquebrantable,

para probar esta muerte menor.

 

Ah, María, rota de tristeza,

recuerda, alcanza y salva

el alma que mañana llega

ante el Dios que se entregó.

Cada uno de mujer hemos nacido

en la necesidad extrema—

camarada verdadero y enemigo verdadero—

Madonna, ¡intercede!

 

Ahora incluso su vanguardia se agrupa,

incluso ahora nos enfrentamos en combate—

así como ayudaste a nuestros padres,

ayuda hoy a nuestras huestes.

Llenos de buenos presagios y maravillas

en vida, la muerte nos ilumina—

Yavé de los Truenos,

Señor Dios de las batallas ¡óyenos!

 

Rudyard Kipling,

Torquay, Inglaterra, 1896.

En The Seven Seas, Londres, 1896.

Traducción de Luis Cremades.

 

[ D'Vox ]

 

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