La oportunidad perdida del presidente Temer


Desde la divulgación de las grabaciones con la comprometedora conversación del empresario Joesley Batista con el presidente Michel Temer, que llevó al procurador geral de la República a abrir una denuncia contra éste por corrupción pasiva, con la promesa de acrecentar otras dos, una por obstrucción de la justicia y otra por organizacional criminal, el mandatario no ha tenido ni un solo día de sosiego.

Quizá motivado por la inconsistencia de algunas de las acusaciones, reconocida no solo por la defensa del presidente sino también por otros juristas que se han pronunciado sobre el asunto, se empeñó activamente en bloquear la posibilidad de que la Cámara de Diputados autorizara que la denuncia fuera enviada al Supremo Tribunal Federal (STF) para ser allí juzgada.

Como es sabido, el STF necesita de autorización de la Cámara para juzgar al presidente por crímenes comunes, en cuanto este en funciones.

La cuestión no es saber si habrá valido la pena todo ese incansable esfuerzo de Temer para mantenerse en el cargo, sino si eso puede justificarse con el argumento, que él invoca, de que quiere conducir a buen puerto el paquete de reformas que ha presentado para bien del país, a pesar de contar con bajísima aceptación de la población, en torno de 3 por ciento según los estudios de opinión, y del constante bombardeo que sufre desde todos los cuadrantes de la sociedad, y especialmente de los medios de comunicación.

La justificativa que ofrece podría hasta entenderse, si no fuera por el alto precio que el país esta pagando, en beneficio de un solo hombre. Aunque fue impuesto un límite para gastos públicos, por iniciativa del propio presidente, éste liberó un amplio número de enmiendas parlamentarias para poder asegurar el número necesario de votos en la Cámara para que la denuncia fuera rechazada.

Envió a Rio de Janeiro cerca de 10 mil hombres del Ejercito para “golpear al crimen organizado”, cuando el verdadero problema no esta allí, sino en las fronteras del país, mal vigiladas y por donde entra gran cantidad de armas y de droga de otros países.

La oportunidad perdida del presidente Temer ha sido, en mi entender, la de no haber renunciado así que las grabaciones surgieron y fueron divulgadas, por varias razones.

La primera de ellas es el hecho de que el hombre con el más alto cargo público de la nación perdió toda la moral cuando recibió en su residencia, en los subterráneos del Palacio de Jaburú, con una identidad ficticia y sin cualquier control de la seguridad institucional, a un malhechor contumaz, el señor Joesley Batista, que ostenta entre sus 245 crímenes el de haber corrompido, según él mismo ha dicho, a cerca de mil políticos de todos los partidos actuales.

Solo eso, y la circunstancia de este hecho haberse tornado público, bastaría para que, como en cualquier país civilizado, el presidente renunciara. En otras latitudes los políticos se apartan de sus cargos por mucho menos que eso. Pero en Brasil, eso sería, por lo menos, un hecho inédito y algo extraño para muchos, pues, por aqui, nadie renuncia a su cargo, aunque haya motivos gravísimos para hacerlo.

Pero hay más: la grabación hecha por Batista, en la que conversa con Temer, revela cierto grado de intimidad entre ambos, si o el presidente, así que comenzó el diálogo - que es más un monólogo de Joesley que un charla de verdad - lo habría naturalmente expulsado del Palacio, pues con gran naturalidad le iba relatando los crímenes que había cometido en lo que era su especialidad: corromper a las autoridades del país.

Ese hecho - la escucha pasiva del mandatario de una letanía de crímenes - indignó profundamente al país, y de allí viene la reacción de la población y de los medios de comunicación que vienen incansablemente, desde aquel dia, golpeando al mandatario sin dolor ni piedad.

Yo me mantuve neutro en esos embates, habiendo escrito sólo un artículo titulado 'La decepción con el presidente Temer', que realmente fue grande y él habría resgatado su imagen, con grandeza, si hubiera renunciado en aquel momento. Si así lo hubiera hecho, en vista de que no contaba con casi ninguna legitimidad para gobernar, por las razones ya apuntadas, habría acontecido un proceso xdi elecciones indirectas y el país habría vuelto a la normalidad, y hasta, pienso yo, con las tan necesarias reformas aprobadas, o estarían ahora en proceso de aprobación.

Esa actitud del presidente sería más comprensible para dedicarse a probar su inocencia, por que es muy probable que, dada la frágil consistencia de la denuncia, el plenario del Supremo Tribunal no la aceptaría, mandando archivarla, y el procurador Rodrigo Janot no tendría ningún interés en proseguir con las otras dos denuncias que prometió.

Ahora, una eventual renuncia no tendrá el mismo valor. La denuncia del procurador fue rechazada por la Cámara de los Diputados, a base de lamentables negociaciones, y el presidente intentará gobernar por el resto del mandato, pero lo hará sin moral, sin legitimidad y sin resultados. Será una muerte lenta e sin glória.

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